El turismo del vino

El enoturismo tiene cada vez más adeptos y varios bodegueros de la Denominación de Origen Toro convencidos del futuro brillante han invertido en actividades, ladrillo y diseño para atraer visitantes a sus instalaciones. Algunas bodegas toresanas, como por ejemplo la Valbusenda en Peleagonzalo, se unen a la iniciativa comenzada por la Ribera de Duero y la Rioja Alta para promocionar el turismo enológico como una herramienta complementaria para el desarrollo local.
Además de las citadas Rutas, otras trece llevan ya tiempo contribuyendo a que el viajero descubra una España diferente y pueda vivir experiencias nuevas, como la visita a bodegas y viñedos, la participación en catas, la de ser testigo de una jornada de vendimia y hasta, en algunos casos, someterse a un tratamiento de vinoterapia.
Las cifras son todavía modestas -no más de millón y medio de personas al año-, pero el enoturismo, muy extendido y consolidado en otros países como Francia e Italia, avanza imparable en España, el mayor viñedo del mundo.
Según el Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX), en España, país con una tradición vitivinícola que se remonta a la época de los romanos, hay 1,16 millones de hectáreas de suelo en las que se cultiva la uva, de las cuales el 94,4 por ciento se destina a la elaboración de vino.
Aunque España es el primer país en superficie cultivada, es el tercero en producción, por detrás de Francia e Italia, El año pasado, según el Observatorio Español del Mercado del Vino, la producción ascendió a 40,3 millones de hectolitros. Las exportaciones – ocupamos el segundo puesto del ranking mundial, que lidera Italia- ascendieron a 16,9 millones de hectolitros, lo que supuso, según el Observatorio, una facturación cercana a los dos mil millones de euros.
Ingleses, alemanes, estadounidenses e incluso franceses, por sorprendente que parezca, fueron, según el Icex, los principales compradores de unos caldos -cavas, vinos tintos y blancos – cada día mejores y con mayor prestigio internacional.
Un sector que, como las administraciones públicas, ha sabido ver que el enoturismo puede ser, y ya es en muchos lugares, un negocio rentable, además de un plus añadido para dar a conocer mejor sus vinos e incrementar así las ventas, tanto dentro como fuera de España. Cada español, según el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, se bebió el año pasado una media de 18,57 litros de vino, lo que supuso un gasto «per cápita» de 57,01 euros. El consumo total sumó más de 844 millones de litros, por valor de 2.591 millones de euros. Fue hace cuatro años cuando, al amparo del prestigio y la calidad de los vinos de Ribera del Duero, Y de otros valores gastronómicos, monumentales y culturales de la zona, el Ayuntamiento de Valladolid decidió aunar esfuerzos – bodegueros, empresarios hosteleros, agencias de viajes…», para convertir la provincia en un «referente enoturístico».
Los resultados son satisfactorios con aumento anual de visitantes e ingresos, siendo el vino y la gastronomía de la zona los principales reclamos.
Las personas que gozan de este nuevo tipo de turismo son turistas que viajan en familia o en grupo, por periodos cortos (fines de semana y puentes), con pernoctación en hoteles de cierta categoría (tres y cuatro estrellas) y que se organizan personalmente aprovechando las recomendaciones de amigos y familiares, con la ayuda de Internet y de las oficinas de turismo en el destino. Su nivel de gasto (unos 100 euros diarios) se sitúa por encima de la media nacional y su índice de satisfacción es muy elevado.

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